16.9.10

Chicles

Hubo suicidio de aves y otras constelaciones ignotas que ocultaron la verdadera esencia de lo absoluto. En el centro de la habitación oscura, donde duele la vida, me entretuve un rato largo hasta que nadie se acordó de despertarme. Dime, dímelo tú, hada informe, ¿cuánto tiempo tendré que recordar mis pecados? A veces callo para que el silencio no se enoje. Hace años tuve hambre de todo y ahora me vomito a mí mismo. La luna era niña. El tren se puso delante. Con lo que me queda voy a tejer un nuevo fracaso. Mañana me volveré aún más loco y nadie, ni mi madre, ni mi hija, ni tú, que meces mi corazón con tus besos profundos, podrá reconocerme. Pedazos de mi esparcidos sobre las baldosas. Aire viciado en el ascensor que desciende hasta el infierno. Anduve junto al canal al atardecer y todos los nogales parecían tristes. Dame la mano para que no vuelva a levantarme. Tú sabrás qué hacer con mi piel cuando no la riegue la sangre. Ahora debería dormir. Otra noche menos antes del veredicto. Las madrugadas me sosiegan, aunque nada en realidad podría sosegarme. Olvidé la manera de arañar los sueños para que parezcan más reales. ¿Sabes cuánto cuesta el billete que conduce a la nada? No te abrumes. Solsticio de luces sin farolas en el filo de la medianoche. Sonrisas rotas de arriba abajo, quebradas por el huracán del desengaño. Perderé el control y seré fuego implacable. Las alondras huyeron al imaginar mi rostro. Peces siniestros, abisales, parpadean para nadie. Ni tú ni yo parecemos lo que somos. Esquivo a los vecinos porque tengo miedo de que descubran lo que soy: un mero atuendo sin alma, una sinalefa que se esfuma en mitad del océano. Cuando cumpla mil años mis ojos serán de titanio y mis dedos de misterio. Ábrete de una vez por todas. ¿Para qué guardarse tanto? El arco iris me dijo que hay un destino escrito entre las algas. No, apenas empecé a nacer para lo importante. Cada paso me pierdo. Mi cráneo me traiciona. No es capaz de alojarme. Háblame de eso que no eres capaz de confesarte ni a ti mismo. Seguro que coincidimos en la misma esquina, donde los perros orinan y husmean con ahínco. No tuve un buen día. La química se alteró en mis neurotransmisores. El soplo de la noche asesina merodea por la terraza. Si no llego al lunes, decidle a la cajera del Mercadona que robé un paquete de chicles de clorofila por el placer de robarlos y por la curiosidad de saber qué ocurriría si me pillaran, pero no me pillaron. Al salir tiré el paquete de chicles a la papelera porque nunca como chicles y ese día tampoco me apetecían.